Escócia: varias virtudes y una debilidad

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La Iglesia –de y en– Escócia

Hay diferentes formas de nacionalismo que, dependiendo de su carácter e intensidad, pueden tanto unir como fracturar.

Al contrario que en otros lugares, el nacionalismo en Escocia no es divisivo de la identidad de su sociedad, ni tampoco externamente hacia sus vecinos. Es un hecho que en el caso de surgir como nación independiente, los ciudadanos escoceses podrán continuar desarrollando sus vidas personales y profesionales sin ninguna barrera étnica o lingüística de importancia que los separe de las otras poblaciones de estas islas,.

Algo que no sucederá necesariamente a una sociedad vasca o catalana independiente. Donde la lengua maternal vernácula, pero minoritaria, vértebra la ideología nacionalista, es preferente en educación e instituciones y acabara por formar barreras con el resto de las poblaciones peninsulares.

Tampoco existe en el partido nacionalista escocés agresividad contra la Union ni sus gentes. Al contrario, las actitudes xenofobas son regularmente expurgadas por sus dirigentes. La reciente afirmación de la Sra Sturgeon estableciendo que aquellos que proclaman “Inglaterra fuera de Escocia” no tienen sitio en el partido, vaciaría de dirigentes a los partidos nacionalistas catalanes y vascos que consideran extranjeros a sus nativos de lengua española. Como el espacio no da para mas, solo mencionar tres presidentes de partidos, dos catalanes y uno vasco, que por sus reiteradas declaraciones xenophobas jamas lo habrían sido en Escocia, Heribert Barrera, Josep Carod y Javier Arzalluz.

Tampoco el nacionalismo escocés esta dirigido por un movimiento cívico. Algo que no ocurre en Cataluña, donde la ANC ha sido procesada por la justicia española y subsecuentemente denunciada por ERC, el partido independentista catalán mayoritario, por protagonizar la política fuera de cualquier control democrático.

 Aun más importante es el respeto a las instituciones del estado y la legalidad. En claro contraste con lo experimentado en España desde el inicio de su régimen democrático y federal en 1980. En Escocia, ni desde los partidos, ni desde las instituciones escocesas, se ha buscado destruir la legitimidad de los adversarios o su credibilidad. Mucho menos desautorizar la legalidad vigente o negar la respetabilidad de sus instituciones.

En la practica, solo hay un común denominador entre los partidos nacionalistas: la aceptación de la mayoría simple para declarar la independencia. Quebec en 1995 no la obtuvo porque un 0.58% de su electorado así lo quiso. Al margen de que si sehubiese repetidola consulta,el resultado podría estadísticamente haber sidoel inverso. Uno debe preguntarse si decisiones irreversibles de esta naturalezaque afectan a comunidades establecidas durante siglos y sobre la que cualquier generación solo ejerce un fideicomiso, se puedecambiar sin una mayoría cualificada que amortigüe una división de lealtades dentro de esa misma sociedad. 

A mis ojos, la ausencia de sectarismo y populismo, junto con el prestigio de la ley, instituciones y partidos, son las características positivas que evitan la fractura de nuestra sociedad escocesa y que deseo nunca cambien.

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