El día después

Al día siguiente del referéndum, el cielo estaba claro y el sol mantenía aún el calor veraniego. Tenía algunos asuntos pendientes y fui en bicicleta al centro de Edimburgo. Mientras estaba parado en un semáforo disfrutando del día, la luz se puso en verde y el ciclista que estaba delante de mí permaneció inmóvil.

—¡Ya es hora de arrancar, chico! —dije.

—¡No quiero, no tengo ninguna gana! —farfulló, ante mi asombro, el ciclista escocés— ¡No quiero, déjame tranquilo! —insistió y, antes de que yo pudiera añadir algo, continuó— ¡Me voy, yo me voy de aquí! Trabajo en el mercado de inversiones y puedo encontrar empleo donde quiera. ¡Este país de cobardes y peleles no merece la pena!

—Pero, hombre, ¿qué dices? —respondí, ahora un poco más consciente de la situación.

Lo que siguió fueron varios minutos de exabruptos de quien experimentaba, sin duda, una de las mayores desilusiones de su vida. Después hablamos sobre lo normal de su reacción, el valor de la gente de este país, y como estas votaciones por obligación dañan profundamente siempre a alguien. Tras unos minutos de conversación, pude por fin continuar con mi recorrido.

El «sí» es siempre final, pero el «no» es solo un «hasta la próxima»

Este episodio es uno más entre tantos vividos los días siguientes al referéndum de independencia. Cuando, tal vez contrariamente a si se hubiese declarado la independencia, no hubo celebraciones públicas ni apasionadas declaraciones políticas, sino mas bien al contrario, un cierto cansancio emocional.

Quizás una de las razones de la falta de entusiasmo fuese la constatación de la quiebra de antiguas lealtades y arraigos. El otro motivo era la seguridad de que, sin importar porcentajes, el «sí» es siempre final, pero el «no» es solo un «hasta la próxima».

Esta impresión no tardó mucho en convertirse en una realidad. A pesar de las continuas afirmaciones del líder del partido independentista SNP, que aseguraba que estas votaciones son asuntos a tratar una sola vez cada veinte años, apenas el día después del referéndum, varios líderes del SNP dejaron claro que ese compromiso podía alterarse ante dos circunstancias.

Uno, mediante un referéndum plebiscitario en las próximas elecciones si el SNP volviera a ganar (¿conocido, eh?). Dos, si sucediesen circunstancias extraordinarias de distinta naturaleza, por ejemplo, una votación que retirase al Reino Unido de la Unión Europea.

O, como aclaró posteriormente Sturgeon, la nueva líder del SNP, «las fechas de los referendos no las marcan los políticos, sino las circunstancias».

Por hecho o por derecho

Obviamente, mientras el SNP sea el partido más votado, ignorará su rotundo fracaso para obtener la independencia de iure mediante el referéndum, y mantendrá la presión constante reclamando sin límites mayores poderes de gobierno, para así alcanzar la independencia de facto (ver aquí).

Porque, claramente, el reciente voto habría sido, sin ninguna duda, un espaldarazo indudable, pero no a la unión con el resto de los habitantes de las islas, no, sino a la obtención de mayores poderes regionales.

Al contrario, nadie osa siquiera sugerir la congelación, menos aun la disminución, de los poderes locales porque, porque se considera una estrategia contraproducente que crearía aun mas nacionalistas (como ejemplo, ver aquí la actitud de Blair y la reina sobre la inevitabilidad del parlamento escocés).

Solo queda, pues, capear el temporal mediante mayores concesiones de autogobierno y esperar a que se desinfle el suflé.

Esta política de concesiones constantes de mayor autonomía llevó en Quebec a favorecer inicialmente un federalismo asimétrico —¿suena también?— para terminar con la celebración de un segundo referéndum de independencia pocos años después. En Canadá han pasado, de momento, dos montañas rusas emocionales en forma de referendos en 1980 y 1995, y en Quebec en concreto, también financieras (notas de prensa aquí o aquí). En Escocia estamos solo al principio de este proceso de incremento periódico de poderes regionales.

Tiempo ganado o perdido

Al final, la única palanca efectiva para estabilizar la situación pasa por que obtengan los partidos no nacionalistas la mayoría en el parlamento escocés.

Hoy por hoy, la única certeza es haber logrado tiempo, porque si el SNP sigue como fuerza mayoritaria en el gobierno local nos esperan, sin duda, más sacudidas e incertidumbres en todos los ordenes: sociales, políticas y económicas.

Muchos piensan en Gordon Brown como la persona indicada para, como posible futuro líder del partido laborista escocés, lograr afianzar el resultado del referéndum a largo plazo. Sus características mas importantes son su tradicional implicación el la vida política escocesa, su experiencia profesional y su militancia laborista.

Esta ultima característica es importante porque si bien el resultado numérico del referéndum mostró un 55 % de votantes favorables a la unión, la distribución geográfica y social de este voto ofrece una información adicional muy significativa.

La mayoría independentista se manifestaba exclusivamente en tres condados donde hasta hace cuarenta años se situaba la industria británica (astilleros, minas, imprentas…) y, por ende, bastiones tradicionales socialistas (puede verse aquí).

Estas zonas sufren ahora un desempleo creciente y poseen el triste honor de estar entre las zonas con los peores parámetros de salud y esperanza de vida del país.

Se podría interpretar que la distribución del voto independentista ha reflejado el nivel de prosperidad escocesa, donde las zonas desfavorecidas votaron por la independencia porque tienen poco que perder y mucho ganar.

En el resto de las regiones, el rechazo al separatismo alcanzó cifras cercanas a dos tercios de los electores.

El Estado, la diana de tanto esfuerzo

Sin embargo, la particular distribución social del voto en Escocia es un asunto de significado local. Las consecuencias mas amplias de este proceso son las prometidas reformas constitucionales que se han de realizar, a toda prisa, en los próximos seis meses. Estos cambios se pueden agrupar en tres niveles: regional, nacional y estatal.

Regional, porque ante la incertidumbre del resultado en los días previos a la elección, los tres principales partidos británicos ofrecieron aumentar el autogobierno escocés. Si bien, como reconocía el SNP, estas promesas quedaban por debajo de otras opciones estudiadas previamente al referéndum como posible tercera pregunta alternativa al estricto «sí» o «no». Estas dos alternativas eran devo max (concierto vasco o hacienda propia y pago de servicios) y plus (facultades impositivas limitadas al gasto regional).

Nacional, porque, al contrario que en nuestro país, al no crearse simultáneamente un parlamento regional similar en Inglaterra, se produjo un desequilibrio de poderes y un considerable resentimiento. Es decir, mientras que el parlamento nacional británico no puede votar cuestiones escocesas, los escoceses sí votan en Westminster sobre cuestiones inglesas y galesas como salud o justicia. Es la tan famosa en estos pagos West Lothian question, que ahora podría responderse mediante la creación de un parlamento regional inglés y que, en España, ya respondimos hace cuarenta años con el tan ridiculizado por algunos «café para todos».

Aunque los dos asuntos tratados antes van a traer muchas discusiones —y también agrias disputas—, quizás el impacto de mayor calado ya lo ha recibido el Estado británico, porque este referéndum ha sentado un precedente que será utilizado para otras cuestiones en el futuro.

Gestión y decisión, o cuando antónimos y sinónimos son lo mismo

El único y verdadero asunto de esta trifulca, tanto aquí como en nuestro país, no es la transferencia de poderes de gestión, sino de soberanía de decisión.

La discusión no es si es conveniente que la gestión de recursos se lleve a cabo localmente, sino si es viable en cualquier país que una minoría determinada por lazos de identidad tenga derechos de decisión sobre una mayoría.

Una vez aceptado el principio de que un territorio tiene capacidad de decisión para cualquier asunto —como indican las declaraciones de los líderes del SNP por ejemplo aquí— las decisiones tomadas por el Reino Unido en su conjunto, sean estas de índole política (pertenencia a la Unión Europea) económica (gestión de fuentes de riqueza como el petróleo) o militares (declaraciones de guerra o distribución territorial del armamento nuclear) dejan de residir en todos los ciudadanos del país para fragmentarse en función de criterios étnicos.

Es llamativo que los propios separatistas clamen contra un modelo de gobierno donde el poder final de decisión lo posea una autoridad, pero, al mismo tiempo, quieran formar una estructura similar solo para ellos mismos.

En cualquier caso, en el Reino Unido va a ser muy difícil restablecer en el futuro el principio de soberanía única, porque el precedente del referéndum ya la ha partido de hecho.

Claro que también habrá quien diga que la soberanía se ha «compartido», como enunció Urkullu utilizando con desparpajo antónimos como sinónimos para que hagamos su voluntad.

Se podrá compartir coche e itinerario, pero no el puesto de conducción.

O en términos políticos, no es lo mismo dirigir un país mediante un parlamento democrático, único y de todos, que mediante un consejo de representantes regionales con derecho de veto.

El juego de las sillas musicales

Pero ¿por qué el Reino Unido es divisible y Escocia no?

Muchos se preguntan dónde nace la legitimidad histórica de un territorio, porque también Escocia se formó de la unión o conquista de otros territorios a su vez históricos.

De hecho, ha habido peticiones formales de convocar un referéndum en Orkney y Shetland, antiguas pertenencias escandinavas y naciones con la que las Shetland mantienen lazos intensos.

Pulsiones independentistas similares, además de las experimentadas en España, se conocen en al menos 32 países europeos (ver aquí) y la anterior petición de un referéndum de independencia se dio, hace solo dos años, en Cerdeña.

Existen movimientos similares en todo el planeta (más aquí) y nadie puede predecir cuánto puede durar, una vez iniciada, la música en este juego de sillas musicales creado con tanto ímpetu por secesionistas escoceses, vascos y catalanes.

Estos dos últimos, con el añadido crucial de querer expandir sus proyectos nacionales mas allá de sus actuales fronteras regionales e internacionales.

La experiencia anglosajona

Las experiencias canadienses y británicas nos muestran los asuntos mas difíciles de resolver en este tipo de consultas: (i) la delimitación de territorios implicados; (ii) el establecimiento de la periodicidad de la consulta; (iii) las garantías culturales y de igualdad social para la población que resulte perdedora; (iv) la elaboración de una pregunta sin sesgo; y (v) la definición de la mayoría necesaria.

(i) La aceptación de la delimitación territorial de Irlanda tras su división en república independiente y región británica en el norte ha llevado un siglo. Irlanda del Norte fue creada ignorando cualquier principio de integridad territorial para proteger a una minoría de fidelidad británica (e, irónicamente, de origen mayoritariamente escocés). Únicamente tras los acuerdos de 1998 se logró la aceptación formal de la división de la isla por las fuerzas políticas católicas, cuya reunificación solo sería posible mediante un referéndum limitado exclusivamente a Irlanda del Norte.

(ii) Para evitar constantes convulsiones, esta consulta solo se podría repetir con un mínimo de siete años de separación.

(iii) Al mismo tiempo, por parte de los protestantes, se logró la aceptación de los derechos políticos y culturales de los irlandeses republicanos. Curiosamente, en una sociedad dividida casi al 50 % entre protestantes y católicos, en el presente el deseo de reunificación parece alcanzar apenas un cuarto de la población (más sorpresas a este respecto al final).

(iv) En Escocia, la pregunta del referéndum ha sido muy contestada por dos motivos: por su estructura, carente de una tercera alternativa a la dicotomía del «sí» o el «no» y que ofreciese la posibilidad de obtener mayor autonomía —oferta que al final se produjo de forma atolondrada y poco concreta—; también por su redacción, porque solo se podía responder semánticamente con un «sí» o un «no». Cualquier experto en opinión publica sabe que este tipo de preguntas directivas invitan, por la propia naturaleza humana, más a decir sí que no. Para muchos, una pregunta equilibrada hubiera sido la siguiente: ¿Escocia debe independizarse o permanecer en el Reino Unido? (Septiembre 2015, nota adicional: un año después del referendum escocés, la permanencia del Reino Unido en la Union Europea se someterá a referendum pero la dicotomía de la respuesta no estará entre un “si” o un “no”, sino entre “permanecer” o “abandonar” la union, leer mas aquí)

(v) Las mayorías suficientes fueron objeto de medidas jurídicas en Canadá cuando el último referéndum en Quebec produjo una escasa mayoría del 1,14 % a favor de la unión. Este resultado es tan marginal que, por la propia imprecisión de cualquier sistema o irregularidad humana, hubiera podido producir, de repetirse la votación al día siguiente, el resultado contrario. Como respuesta ante esta situación incierta, el Tribunal Constitucional estableció como principio jurídico vinculante la necesidad de determinar mayorías claras para poder convocar este tipo de consultas en el futuro. Este asunto, aunque comúnmente desatendido, no es trivial. Estas consultas, al contrario de las habituales elecciones generales, que se deciden por mayorías simples y son reversibles cada cinco años, son intrínsecamente distintas al resto, porque estos referendos tienen efectos permanentes.

Sólo sé que nada sé

Personalmente, estos movimientos independentistas me provocan cinco cuestiones sobre principios democráticos generales:

  1. ¿La soberanía popular debe siempre reinar suprema? Pongo dos ejemplos donde se aceptó y se rechazó. En 2009, los suizos rechazaron en un referéndum promovido por populistas nacionalistas prohibir la construcción de minaretes. La medida se aprobó contra la opinión de su propio gobierno y parlamento, y conculcando un derecho de expresión religiosa respetado sin excepción alguna por el resto de países democráticos occidentales. En 2008, el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró inconstitucional realizar un referéndum sobre el matrimonio homosexual porque no respetaba los derechos fundamentales de toda la población.
  2. ¿El elector está cualificado para responder, con criterio, a cualquier pregunta? Otro ejemplo, este mayo pasado los electores suizos rechazaron, contra la opinión de su Estado mayor, comprar veintidós unidades del avión de combate Gripen.
  3. ¿Todo aquello que se pregunta puede responderse? Sin ir mas lejos, el pasado septiembre yo, junto con el resto de electores escoceses, pasamos juicio a trescientos años de unión y decidimos con una simple palabra cuál era el futuro más viable para las generaciones futuras.
  4. ¿Los países son propiedad de sus partes o de su totalidad? Es decir, la preciosa carretera nacional 111 que une Logroño con Medinaceli, ¿pertenece a cada una de las pedanías por las que pasa o es de todos? O, de forma general, ¿es democrático que una parte de la población se quiera llevar una parte del país que ha sido construido entre todos? ¿No claman los independentistas la copropiedad de la libra esterlina británica?, y ultima, pero no menos importante.
  5. ¿Realmente confiamos tanto en los políticos para seguirles en un tema tan debatible e incierto como este?

Al final soy consciente de que estas preguntas se pueden responder con una respuesta de otra índole.

Argumentando que, por encima de todo, no es posible gobernar sin el consenso de la población.

Por eso tengo cierto respeto a la labor que tienen por delante nuestros gobernantes para encontrar soluciones prácticas a demandas de muy difícil respuesta.

En estos tiempos de abundancia de opiniones rotundas sobre la historia, la economía y hasta el futuro, yo no tengo más que dudas y poquísimas respuestas.

Mirando al frente

Aunque siempre se puede hacer mejor, no creo que por parte tanto del Reino Unido como de España se hayan cometido errores fundamentales.

La abrumadora gran mayoría de británicos, incluidos los escoceses, están orgullosos tanto de su pasado como de su presente.

Nosotros hemos protagonizado el mayor esfuerzo de descentralización administrativa registrado en Europa en los dos últimos siglos.

Pero ninguno de estos hechos vaticinan cómo van a desarrollarse estos procesos.

Al contrario que en España, el independentismo escocés prolifera con todos los medios de comunicación en contra y sin control del sistema escolar regional.

Aunque hay diferencias claras, entre ellas la escasa relevancia de Escocia en el contexto británico y la total ausencia de disputas territoriales, hay también similitudes.

En ambos países, el secesionismo ha avanzado usando una estrategia y momento social parecidos.

Por un lado, interpretación de la historia para argumentar un sentimiento de identidad exclusivista y promesas de un futuro mejor; por otro, fragmentación del campo unionista, ausencia de narrativa coherente alternativa y existencia de una crisis económica y política del sistema. Ademas, hay una fuerte  activismo nacionalista frente a una clara ausencia de presencia social de los sectores favorables a la unión.

Hasta ahora he descrito el caso escocés desde el punto de vista político, pero no he nombrado un par de factores que muchas veces pueden ser determinantes en cualquier proceso histórico.

Hace pocas semanas se produjo una declaración absolutamente imposible de imaginar pocos años atrás.

Martin McGuinness, antiguo jefe de la rama militar del IRA, tras la muerte del que fue su acérrimo enemigo, el tremendista y radical predicador protestante Ian Paisley, declaró con sinceridad y emoción evidente: «He perdido un amigo» (más aquí).

Literalmente, ver para creer:

Este extraordinario suceso nos recuerda que la historia, además del resultado de la conjunción de varias fuerzas sociales, económicas y políticas es, indudablemente, también obra del azar y de las personas y comunidades que la protagonizan.

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