A un día del referéndum

Nunca he escrito una anotación tan larga, pero creo que las excepcionales circunstancias políticas que estamos viviendo en Escocia lo merecen. Hay tres razones que me llevan a hacerlo:

La primera es que, a un día de un incierto referéndum de independencia escocés, me siento desasosegado por la inestabilidad emocional y económica que provocan estas situaciones.

Además, escribo porque a pesar de las diferencias en sus causas, esta singular consulta, por ocurrir en una nación influyente en Europa, tendrá consecuencias también en nuestro país.

El último motivo, quizás de mayor interés, comprobar como el separatismo no es un fenómeno idiosincrático español, consecuencia de un pasado diferente al del resto de países de Europa.

La influencia de una antigua nación ultramarina

Indudablemente, si el nacionalismo puede acabar con un país tan antiguo, consolidado, eficiente y democrático como el Reino Unido, puede acabar con cualquier otro.

Al contrario que la reciente desmembración de la Unión Soviética o Yugoslavia, que no se percibieron en el mundo occidental como precedentes relevantes, la posible desmembración del Reino Unido puede reverberar desde países europeos históricos como el nuestro, hasta otros sitios con tradición separatista en el mundo anglosajón, léase Texas o Hawái.

Esta referendum de secesión puede, por tanto, interpretarse como el inicio de una nueva doctrina jurídica que convierte en sujeto soberano a entidades que fueron, o se autodenominan, nación. Cuyo desarrollo lo está protagonizando nuestra generación.

Aunque las consecuencias de este referéndum no se van a limitar a este ámbito local, el Reino Unido ha aceptado el referéndum en Escocia sin grandes reticencias por sus particulares condiciones locales, sin orden particular:

(i) La escasa relevancia económica o poblacional de Escocia en el contexto del Reino Unido,

(ii) su lejanía, Escocia podría entenderse como una peninsula separada de Inglaterra por una amplia franja donde apenas hay población,

(iii) ninguna necesidad de proteger minorías lingüísticas o culturales en caso de independencia,

(iv) el absoluto acuerdo en las fronteras y la ausencia de riesgos territoriales o políticos en regiones o países vecinos, y

(v) la no fusión de las coronas originales en una sola y el mantenimiento de estructuras de Estado diferentes, desde la impresión de moneda escocesa, hasta el sistema educativo o legislativo.

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Source: Wikipedia

Sea cual sea el resultado de mañana, la realidad es que una gran parte de la población prefiere la incertidumbre económica a mantener la unión con los ingleses. Estos , considerados por los secesionistas una supuesta nación extranjera con la que hay que comerciar, pero no compartir los recursos ni el destino.

Incluso para los escoceses mismos, este final abrupto de la, hasta hace bien poco, mayoritaria y sincera fidelidad a la unión británica ha sido inesperado.

A pesar de tener prácticamente a todo el empresariado y los medios de comunicación en contra y de lograr mantener un discurso amable en las formas con los ingleses —si bien ignorando intencionalmente el término británico—, el movimiento separatista no ha parado de crecer de manera continuada desde la reinstauración del parlamento escocés.

Muchos políticos británicos ya preveían este desenlace cuando se reinstauró este parlamento.

Las razones son variadas, pero todo el mundo cita principalmente tres: la aparición de petróleo, la creación de instituciones escocesas, y el declive en términos de importancia mundial del Reino Unido —que ya experimentó la secesión de Irlanda en 1919—, con la consiguiente pérdida de representación política de los partidos tradicionales británicos laboristas y conservadores.

El hallazgo de petróleo esta claramente relacionado e incluso puede considerarse la principal causa del auge del movimiento nacionalista. Desde 1970, el movimiento independentista ha mantenido una campaña de gran calado con el lema «Es nuestro petróleo». Podéis investigar el cariz del debate aquí o aquí. El argumento es el ya clásico «Londres “nos roba”».

Una explicación más general y complementaria la ofrece un personaje tan escocés como Gordon Brown aquí. Si queréis una descripción algo más detallada y con más calor humano, podéis leer esto también.

En los noventa, el colapso de la industria pesada y los conservadores fue simultáneo: ahora Glasgow, que fue el gran centro industrial británico, solo tiene un astillero y la derecha, un diputado en toda Escocia. La decadencia del laborismo ha tardado más. La izquierda británica introdujo el parlamento y gobierno escoceses, además de conservar la fidelidad de la clase obrera. Su decadencia ha sido consecuencia de la corrupción y la incompetencia inducida por su larguísima permanencia en el poder en ciertas zonas industriales y mineras.

Ahora el independentismo, en un gran abrazo de oso, ocupa el espacio de la inexistente derecha prometiendo rebajas en el impuesto de sociedades y, al mismo tiempo, el de la izquierda, garantizando trabajo, prosperidad y un Estado social similar al de los países nórdicos.

El nacionalismo hace y deshace naciones

No obstante, creerse que el proceso independentista se debe únicamente a la reinstauración del parlamento escocés o al petróleo es corto de vista, porque su existencia se debe a motivos políticos e históricos anteriores y no a generación espontánea. La reinstauración de poderes políticos a Escocia se empezó a debatir públicamente en los setenta y ya existían antecedentes mas aislados previos.

Es cierto que el concepto moderno de Estado-nación soberano nació tras las acuerdos alcanzados por españoles, alemanes, franceses, holandeses y suecos reflejados en los Tratados de Westfalia del siglo XVII. También que, en el siglo XVIII, la Ilustración trajo la incorporación al sistema político de la ciudadanía y la democracia participativa. Sin embargo, muchos historiadores reconocen asimismo a las naciones como figuraciones sentimentales de gran antigüedad y las agrupan en los llamados fenómenos de «larga duración».

Tal vez por ese origen tan antiguo, el sentimiento nacionalista carece completamente de doctrina teórica o filosófica, al contrario que otros movimientos políticos modernos como el marxismo o el liberalismo. Académicamente, el nacionalismo se entiende como un fenómeno similar a una religión «secular», que proporciona un sentido de pertenencia y, por eso, se relaciona tan bien con las religiones habituales o teológicas. Si tenéis más curiosidad sobre esto, podéis mirar brevemente aquí o, con más detalle, aquí.

Es comúnmente aceptado que el nacionalismo forma parte de ciertos comportamientos culturales atávicos humanos relacionados con la creación de una entidad espiritual imperecedera en el espacio. Incluso en ocasiones, no territorial y solo ligada a la sangre, como evidencia el concepto alemán, gitano o judío de pueblo.

¿Cuál es el sentimiento correcto?

Es por todo lo anterior por lo que a ningún nacionalista le preocupa que pueda haber una merma relativa de la capacidad económica: lo importante es poder «ser». Muchos de los estados formados tras la desaparición del imperio Otomano o Austro-Hungaro (datos aquí) no han experimentado grandes cambios en su nivel de vida respecto a Turquía o Austria.

Otra característica determinante de cualquier proceso histórico es que, al contrario que en las ciencias físicas, donde la fusión de dos átomos de hidrogeno produce helio siempre y en cualquier lugar, la relación causa-efecto no es nunca única ni universal.

Diferentes ingredientes históricos pueden generar situaciones similares o completamente dispares. Por eso, da igual que el origen del nacionalismo sea el antiguo Reino de Escocia, unos condados catalanes, el históricamente inexistente País Vasco o, incluso, una religión en el caso de Israel o una zona económicamente próspera como la desconocida, hasta su proposición por la Liga Norte, nación padana italiana.

El factor común en todos los casos es lograr que predomine en la sociedad un sentimiento de indignación y, como consecuencia, un sentido de grupo con intereses propios. Paradójicamente, este mismo sentimiento de identidad y control del propio destino, les inmuniza en caso de experimentar consecuencias negativas, es el orgullo del «ser». Es, como dicen en estas islas, a win-win situation, he ahí su fuerza.

El principal folleto de la campaña escocesa —se puede consultar aquí— enumera de forma expresa en su segunda y tercera página los siguientes argumentos fundamentales a favor de la independencia, cito literalmente: (1) Escocia es una nación; (2) Escocia será más rica una vez independiente; (3) el futuro escocés es brillante; (4) no tenemos nada que temer, excepto el miedo mismo; y (5) la gente es razonable, por tanto cualquier problema que surja tras la independencia se resolverá de manera limpia y eficiente y, además, importante por ser el lema recurrente de estos días, las consecuencias negativas anunciadas por la parte contraria no son más que tácticas para asustarnos. El folleto se extiende luego en 68 paginas de supuestos datos. Sus «cinco principios por la independencia» reflejan, de forma clara y relativamente concisa, la caopacidad critica de sus autores y la objetividad de la pretendida información que contiene.

Sorprende y preocupa la ausencia de una respuesta similar pero positiva por parte de quienes apoyan la unión, se llame Reino Unido o España. Un buen ejemplo de vulgaridad argumental nos lo ofrece Bono en el avance de su próximo libro de memorias aquí. Si es verdad que nuestros políticos hablan de la manera burda que se describe en las conversaciones mantenidas entre él mismo, Gallardón, Maragall, Pujol y nuestro abdicado monarca, a mí no me extraña el éxito del nacionalismo: han sido mucho mucho más eficaces y tenaces en la elaboración de su narrativa.

Sin embargo, esta desidia intelectual y política a la hora de elaborar de forma detallada y coherente las ventajas de la integración, y de argumentarlas de manera activa y regular en la sociedad no solo ocurre en España. Como bien reconoce Gordon Brown en el escrito antes enlazado, en el Reino Unido ocurre exactamente lo mismo.

Un ejemplo escocés, para mí particularmente revelador, son las recientes declaraciones de uno de los historiadores autóctonos más importantes. En ellas, sir Tom Devine reconoce que este último tiempo de gobierno local ha permitido elaborar una narrativa histórica —secesionista— de tal calidad y coherencia que él ha cambiado de opinión y se ha convertido en independentista. El texto completo se puede leer aquí. Su conclusión es que, finalmente, hoy en día, solo quedan lazos históricos, emotivos y familiares.

Es decir, en los últimos tres siglos se logra pacificar a las gentes de estas islas, que antes estaban en guerras e invasiones constantes; se crean lazos familiares y emotivos donde antes no existían; se produce una prosperidad que lleva a dominar el comercio mundial durante dos largos siglos y a ser una potencia cultural y científica mundial; y a este individuo solo se le ocurre decir que, en los últimos años —de financiación publica—, han logrado construir una narrativa alternativa coherente, y que lo único que queda es la aparentemente vulgar y nimia amistad y lazos familiares entre las gentes de estas tierras. Precisamente aquello que se podría argumentar como el fruto más importante de cuatro siglos de unión de estas gentes antes enemigas y que constituye el principal valor moral que cimienta la presente solidaridad entre todas las personas de estos lugares. No sé qué pensará sir Tom cuando, dentro de unos años y en un contexto menos cargado emocionalmente, relea su propias declaraciones.

Finalmente, si queréis leer una descripción del estado de ánimo del resto del país de cara al futuro podéis mirar aquí. No os sorprenderá reconocer, en este resumen de prensa de un amplio estudio académico, paralelismos con la opinión actual de muchos de nuestros compatriotas: fractura social y animadversión a la descentralización.

Como anécdota añadida y para mostrar una similitud más con nuestro país, aquí también se desincentivó el gaélico en las escuelas y lugares oficiales en el pasado.

En fin, si de algo me ha servido vivir tantos años en el extranjero, ha sido para comprobar que no somos, ni nunca hemos sido, diferentes, ni cuantitativa ni cualitativamente, del resto de países europeos. Este proceso independentista escocés no ha hecho más que corroborar mis ideas.

Otro asunto es si nosotros podríamos encauzar el problema de la misma manera que en Escocia. A este respecto nuestro tribunal constitucional dictaminó el pasado mes de abril que el referéndum no es una cuestión jurídica, sino política. Quiero creer que la actitud reservada mostrada por nuestros políticos es fruto de la debida cautela en tiempos tan difíciles, y no de inanición.

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